Esta vez fueron las musas quienes me encadenaron a la mesa. Me dijeron:

—No te soltaremos hasta que no acabes la novela.

Las miré con cara de corderito degollado.

—No, ya estamos hartas de que nos consultes a deshoras, nos desveles, nos incordies con tus dudas de escritor novato.

Se mostraron inflexibles. No me soltaron. No me dieron de comer, no me dejaron beber, no me permitieron dormir.

Parece mentira con qué seguridad se escribe, con qué pocos miramientos, cuando es tu propia sangre la que nutre tu pluma.

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