Creación imperfecta (3)

Torre de babel—Déjalos. Nunca llegarán hasta aquí —dijo Dios—. El cielo está demasiado alto.

—He visto un futuro próspero y complejo —anunció la serpiente.

Dios escuchó atento.

—¿Y qué más?

—El ser humano prosperará feliz y diverso. Aprenderá otras lenguas. Fundará escuelas. Abrirá negocios.

—De acuerdo. Sea.

Y Dios creó las lenguas del mundo.

La construcción de la Torre se detuvo. Los obreros se miraron, no se comprendieron, discutieron, se amenazaron y, finalmente, se marcharon. Colonizaron el mundo y los océanos. Dibujaron fronteras. Empuñaron espadas. Clavaron banderas.

Siglos después, cuando las academias de idiomas crecían como champiñones y el mundo era global pero no tan feliz como la serpiente había vaticinado, Dios le reprochó:

—Me la jugaste, compañera.

Ella lo observó con una media sonrisa dibujada en su rostro.

—¿Qué querías? Tu creación era demasiado aburrida.

Fuente de la fotografía: Abisso (racconto) via (licencia)

¿Qué hay dentro, padre?

25711214364_870c745a4b_n—¿Qué hay dentro, padre?

—Nada.

Esa era siempre su respuesta. Nada. Nunca se atrevió a protestar y quejarse. Qué sentido tenía cargar con un carromato pesado sobre el que se apoyaba una caseta cerrada a cal y canto. Qué sentido tenía arrastrarlo a través de carreteras destartaladas y pueblos desolados. Qué sentido tirar de él si, pese a estar aparentemente vacío, no les servía siquiera para refugiarse en él durante las noches de tormenta.

—Padre, llueve. ¿No podríamos guarecernos?

Él negaba con la cabeza.

—Es peligroso, hijo. No lo entiendes.

Era cierto. No lo comprendía. Aún recordaba un tiempo —ya lejano— en que, cuando se aproximaba al carromato, intuía un llanto, o un grito, o un gemido. Quizás fuera incluso un gañido, como aquel que escuchaba en otros carros cuando, en raras ocasiones, se cruzaban con otra alma andrajosa y solitaria. O en las pocas casas que quedaban en pie cuando inusitadamente entraban a alguna población.

Normalmente, sin embargo, el mundo a su alrededor se debatía entre la hostilidad, la apatía o la indiferencia.

Un día el chico le echó agallas y preguntó:

—¿Es madre?

El padre lo observó sorprendido.

—Lo era. ¿Aún la recuerdas?

El chico no supo qué responder.

Entonces, el padre se acercó al carromato, sacó una llave que colgaba de su cuello y abrió el candado que había mantenido la puerta cerrada durante años. El chico se asomó temeroso.

—¿Qué hay dentro? —preguntó el padre.

—Dentro, solo polvo.

—Así que llegó el momento.

El padre le entrega a su hijo las llaves, le besa en la frente, seca sus lágrimas, sube al carromato y se encierra.

—Aunque oigas gemidos, llantos o gañidos, no abras —añade ya desde dentro.

El chico cierra el candado, carga sobre sus hombros el yugo y emprende de nuevo su camino. El mundo lo observa hostil y solitario. Muy pronto se oyen gemidos y gañidos, pero nunca abre la puerta.

Si se acerca a un pueblo en el que aún hay vida y unos niños le preguntan qué esconde, él responde tal y como le enseñaron:

—Nada.

Y ante la mirada de extrañeza de los niños, carga con su culpa y lentamente, tirando del carromato, se aleja.

Fuente de la fotografía: Midnight, Lofoten Islands, Norway vía (licencia)

El edificio

A Santi y su edificio. Por lo mucho que disfruto leyéndote.

Ayer por fin lo vi. El edificio. A lo lejos, asomando tímidamente, quebrando la armonía horizontal del ocaso. La prensa llevaba anunciándolo una semana. En breve verán el edificio. Aparecerá cuando menos se lo esperan. El edificio.

Llevábamos semanas esperándolo, imaginándolo, inventándolo, recreándolo. Lo describíamos en nuestros ratos libres, lo narrábamos mientras soñábamos. Todo giró, durante esas semanas, en torno al edificio. Y entonces, asomó la cabeza, allá a lo lejos. El edificio.

Majestuoso, magnánimo, descomunal. Crecía día a día. Con unos buenos prismáticos podían intuirse las grúas y los andamios. Aunque era mejor dejar que fuera la imaginación quien los viera. Pensé en hacer las maletas y enrolarme en una de las cuadrillas de voluntarios que partían en dirección al edificio. Me desanimó el asma. Cómo iba a alcanzar el último piso para sumarme al proyecto más espectacular de la humanidad. Las vecinas y los viejos contaban que llevaba varios días ascender hasta la cima. A pie, por las escaleras. Que algunos incluso morían en el intento. Me arrepentí. Me entró miedo. Mejor contemplar el futuro desde la ventana. El edificio.

Así que lo vi crecer. Sentado en la terraza de mi casa. Mientras el resto sudaba añadiéndole pisos, moría asfixiado entre sus muros o se enamoraba y se entregaba al deseo de la carne en alguna de sus habitaciones sin estrenar. El edificio crecía impávido. Yo lo observaba, anotaba sus progresos, sus derrumbamientos. A veces añoraba un pasado con un horizonte virginal. A veces fantaseaba con un futuro sin horizontes. Y mientras, el edificio crecía. Lenta y constantemente. Ajeno a los de fuera y a los de dentro. Rasgando el manto de nubes, clavándose en mi mirada. El edificio. Siempre el edificio. Desde aquella mañana en que por primera vez lo vi. Solo el edificio. Allá a lo lejos.

*Este edificio no es otro que el que Santi Pérez Isasi está construyendo día a día en su blog. Un edificio que, desde los cimientos, me ha enganchado por su poder sugestivo y al que le debía un cuento.

Creación imperfecta (2)

25253310241_2819a0ec27_n—Te sonará a pataleta infantil… Lo sé. Pero te aseguro que es un incordio.

Dios observaba a Eva tratando de mostrar interés o incluso asombro. Ella, al intuir una mínima esperanza en su mirada, se envalentonó.

—La costilla que heredé de Adán me hace cosquillas, se me clava en los pulmones, desentona con el resto de costillas. Es basta y primitiva. Me hace sentir extraña. Incluso estúpida.

Dios sonrió, asintió y la mandó de vuelta con Adán. En cuanto se quedó solo, asomó la serpiente.

—¿Por fin te convences?

Dios se encogió de hombros, observó detenidamente la soledad del árbol hacia la que señalaba la serpiente y suspiró:

—Malditos sean…

Fuente de la fotografía: I stand alone ! (licencia)

Por fin, el enemigo

“Tal vez los esperan hasta los soldados alemanes; antes de morir, un extraño deseo se revela en sus mentes y sus cuerpos: el deseo de ver llegar por fin al enemigo, de poder ir a su encuentro, y de que al final cuanto está ocurriendo en los pestilentes sótanos, en las madrigueras de la muerte, tenga un sentido.”
Sándor Márai: Liberación

trincheraHasta que no te vi, frente a mí, en la trinchera, no fui consciente ni de quién era, ni de qué hacía allí. Ni de para qué, ni de para quién.

Sí, en la academia te enseñaban, incluso con fotografías y vídeos, quién era el enemigo, qué aspecto tenía, cuáles eran sus objetivos, cuál su odio. Sí, todo te lo enseñaban. Técnicas y estrategias, armas y golpes bajos. Era sencillo. Erais el enémigo, un contrincante de papel, frases emponzoñadas de rencor y mala sangre. Un enemigo de libro, al fin y al cabo.

Luego, también. En el cuartel, el sargento y el teniente y el coronel. Todos nos repetían por activa y por pasiva que estabais cerca, que debíamos estar preparados, que la hora se acercaba, que la patria nos requería, que el futuro estaba en nuestras manos, en el gatillo de nuestro fusil, en la punta afilada de nuestras bayonetas. Sí, señor, lo repetimos una y mil veces. Hasta que fuimos capaces de imaginaros, gruñendo y blasfemando. Sí, señor. Avanzando sin piedad hacia vuestro objetivo, destruyendo, asolando a vuestro paso. Si, señor. Violando, asesinando, orinando sobre lo sagrado. Erais el enemigo. Lejano, pero no tanto. Odiado, pero sin saber muy bien por qué.

Entonces llegamos al campamento y nos pusieron a cavar trincheras y zanjas, a sembrar los fértiles campos de minas, a plantar alambradas y fronteras. En un par de días, el horizonte se olvidó del futuro y lo vimos más cerca. Y allá, donde antes se posaron los ojos del campesino que esperaba la llegada de la lluvia, ahora se veían nubes de polvo, se oían truenos de guerra. Entonces, solo entonces, sentimos el miedo. Aunque aún estaba lejos, más allá del horizonte. Lejos.

Dos días más tarde, el sargento ordenó refugiarse en las trincheras. La batalla comenzaría en cualquier instante. Debíamos apuntar al frente, disparar a cualquier cabeza que asomara en vuestra trinchera. Esto no era un ejercicio. Sí, señor. Se acabó el adiestramiento. Sí, señor. Llegó nuestra hora. Llegó la vuestra.

El primer disparo sonó como un petardo en una noche de fiesta. La guerra había comenzado. Asomé la cabeza. Ya no quedaba nada del campo fértil que contemplaron nuestros ojos cuando llegamos. Ya no se veía el horizonte. Solo zanjas, alambradas y trincheras. Y minas que estallaban y bombas que explotaban y granadas que volaban y caían y no daban tiempo a despedirse, solo a gritar de dolor, si no se tenía demasiada suerte.

Entonces te vi. Por fin, el enemigo, me dije. Asomabas la cabeza en la otra trinchera. Contemplabas también el horizonte, pero tus ojos temerosos decían claramente que, al igual que yo, eras incapaz de verlo. El casco no te encajaba bien. Tampoco el mío. El fusil temblaba en tu mano. Como el mío. Hasta ese instante no fui consciente de quién eras tú, el enemigo. Hasta ese instante no fuiste consciente de quién era yo, el enemigo.

Nos miramos. Tantas horas de instrucción para comprender algo tan simple, debiste de pensar. Tantas guardias al raso para esto, pensé yo. Fue un segundo. Un instante de comprensión y otro en el que tratamos de dirigir todo ese odio aprendido hacia el gatillo.

Fue un segundo. Y un disparo. Y una despedida.

Fuente de la fotografía: Cheshire Regiment trench Somme 1916

Refugiados (al cuadrado)

Hace un mes llegó el primero. Moreno, soltero, cansado. Su aire solitario hizo pensar a los más desconfiados que no venía con buenas intenciones. Pero al fin y al cabo era uno. Un hombre solo y cabizbajo. Le abrieron una puerta. Entró. La casa era cálida, la luz tenue.

Dos días más tarde, llegó una familia. Madre, padre, dos hijos. Caminaban despacio, con la esperanza y el miedo imprimidos a partes iguales en sus miradas. Los hijos, risueños. Los padres, temerosos. ¡Cómo no abrirles las puertas de par en par y sacar la vajilla de invitados y planchar las sábanas de franela y vestirse con la mejor sonrisa y el más cálido abrazo.

Se abrieron cien puertas. Hubo disturbios. Así que el ayuntamiento encargó a la Concejalía de Civismo y Buenos Alimentos organizar una competición al ciudadano más solidario. Lo ganó la hija predilecta del señor alcalde. Una familia decente y solidaria.

Una semana después, la ciudad amaneció abruptamente. La niebla de las primeras horas ocultó la avalancha que amenazaba el sueño del bienestar. Hasta las diez. Entonces se disipó la neblina y asomaron las jaquecas. Sombras de otro tiempo. Heridas abiertas. Eco de bombardeos. Un vómito de pasado con ojos agotados, ropas arrugadas y maletas con agujeros.

La ciudad tembló. El ayuntamiento se asustó. Las puertas abiertas se cerraron.

No hubo concurso al mejor ciudadano, ni discursos de bienvenida, ni chocolate caliente. Solo calles desiertas y buzones asustados.

El ayuntamiento, tras los primeros compases de aturdimiento y en sordina, decidió tomar la iniciativa en el asunto. Habilitó el polideportivo municipal como centro de acogida y allí los envió a todos. No era un lugar tan amplio como para acoger cómodamente a la avalancha, pero al menos era algo.

A los pocos días, los usuarios habituales del polideportivo comenzaron a quejarse. Las duchas siempre estaban ocupadas y no se podía jugar a baloncesto ni a fútbol porque los catres ocupaban los campos. Además, ellos pagaban una cuota al año… El ayuntamiento tomó de nuevo cartas en el asunto y para subsanar los errores de su actuación decidió obrar en dos sentidos: en primer lugar, reducir el espacio habilitado para los refugiados; en segundo lugar, cobrarles la entrada al polideportivo.

Las arcas municipales del Área de Deportes comenzaron a engordar, al tiempo que la avalancha de ojos cansados y maletas agujereadas vivía en unos metros cuadrados cada día más escuálidos. Tal fue el superávit un mes después que el ayuntamiento decidió construir un nuevo polideportivo, para así no tener que mezclar a los nobles usuarios con el ejército de desheredados.

Abrumado por la deuda municipal y sorprendido ante la marcha óptima de las medidas extraordinarias tomadas con los refugiados, muy pronto el señor alcalde concluyó que pagar la entrada al polideportivo no era suficiente. ¿Por qué no despojarles de cualquier riqueza que poseyeran para así cubrir todos sus gastos? Dicho y hecho. Primero fueron pendientes, luego anillos, más tarde dientes. Les siguieron abrigos de marca, camisas de rayas y zapatos de tacón. Juguetes, móviles, carteras. Hasta que no quedó más que calderilla en los bolsillos, en el caso de que hubieran logrado conservar los pantalones.

Cuando todo lo material se convirtió en oro, el pleno municipal aprobó una medida polémica y necesaria: los refugiados debían contribuir a mantener la salud pública de los conciudadanos si querían continuar viviendo bajo techo. ¿Cómo? Primero, donando sangre. Más tarde, donando órganos. Las primeras muertes ocurrieron cuando de pedirles riñones se pasó a exigirles ojos, hígados o pulmones.

En ese momento, algunos refugiados comenzaron a ser refugiados al cuadrado. Escapaban, ya no de la guerra, sino de su propia condición de refugiados. Los que no huyeron fue porque estaban demasiado débiles. Hasta que un día, ya no quedó nada. Ni riñones, ni hígados, ni ojos. Ni siquiera cuerpos. El polideportivo se vació de catres y los nobles usuarios descubrieron que ahora tenían dos polideportivos. Y se alegraron, con su sonrisa postiza y su ojo y su riñón robados.

Solo cuando oyeron el eco de los bombardeos a las afueras de la ciudad se les atragantó la sonrisa. Los más rápidos huyeron esa misma noche. Los más precavidos salieron al alba, después de dedicar toda la noche a recopilar sus ganancias, en previsión de lo que pudiera acontecer. De la casa del señor alcalde se vio salir a un hombre. Llevaba puestos tres pares de pantalones, cuatro camisas de rayas, cinco jerseis y dos chamarras de marca. En los pies zapatos de tacón y en las manos unas deportivas muy caras. Arrastraba un gran saco lleno de dinero y, sin embargo, temblaba. Seguramente ya había calculado que, si la guerra se alargaba más de lo esperado, todo aquello no le llegaba para evitar perder un ojo o un riñón o lo que fuera que quedara.

Creación imperfecta

—Y lo más importante: el brazo.

—¿Qué pasa con el brazo?

—Cuando duermo junto a Eva, acurrucados, siempre me sobra un brazo.

—¿Te sobra un brazo?

—Sí, no sé qué hacer con él. Y ella tampoco. Molesta.

—¿Os molesta?

—Sí, es un incordio. ¿No podrías idear algún sistema para que pudiéramos hacerlo desaparecer momentáneamente?

—¿Quieres que os desaparezca el brazo cuando decidáis?

—Sí, no sé, que se oculte en el pecho, por ejemplo.

—Lo pensaré —concluyó.

Adán volvió junto a Eva satisfecho porque había logrado convencer a Dios de que su creación era imperfecta.

—¿Para qué insuflaré yo vida a mis manualidades? —suspiró abrumado Dios.

—Todo puede arreglarse —comentó la serpiente.

Mientras, a lo lejos, el árbol de la ciencia del bien y del mal crecía robusto y solitario.