Las musas (6)

En mi casa cada musa tiene su espacio. No los he asignado yo, ellas solas los han ido descubriendo y eligiendo. De forma natural, sin presiones. Incluso sin tensiones excesivas entre ellas.

A Calíope le atrajo desde el primer instante mi sofá, la parte izquierda. Según llega, se acurruca, se adueña del mando de la tele y se engancha a cualquier programa de cotilleo que estén emitiendo en ese momento. A Erato, por contra, le apasiona mi colchón. No hace falta que mencione los infinitos conflictos en mi vida matrimonial que semejante fetichismo genera. 

Para evitar peleas conyugales y, seamos sinceros, por una mera cuestión de espacio -nuestra casa no es un palacio-, cuando las musas asaltan mi nevera y me pica la inspiración y mi papelera se atiborra de bocetos espantosos, la única que acaba maltrecha es mi cartera. Laura, a cambio de no hacer preguntas y no dejarse llevar por los celos, me exige una noche de hotel cuatro estrellas, con desayuno servido en la cama y tarde de spa para relajarse. Yo, a cambio de unas dosis, aunque paupérrimas, de inspiración, pago lo que sea. 

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