Las musas (5)

Cada vez que las musas se dignan a visitar mi casa, dispongo la mesa del comedor como para las grandes ocasiones, cuando se anuncia una boda, un natalicio o una herencia sustanciosa. Saco la vajilla de espantosos motivos florales, la cubertería de plata y ese mantel que se arruga con solo mirarlo. Las musas se sientan agradecidas y yo me dedico a cebarlas con entremeses, platos principales, postres, copas y puros. Las entretengo todo lo que puedo, las emborracho en la medida de lo posible, pero todos mis esfuerzos son en vano. A las musas les gustan las sobremesas breves y aborrecen las partidas de cartas.

Cuando salen por la puerta de mi casa, solo me quedan media docena de versos por fregar y un par de puntos finales memorables en el frigorífico. Migajas de inspiración después de un ágape copioso. 

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