Las musas (6)

En mi casa cada musa tiene su espacio. No los he asignado yo, ellas solas los han ido descubriendo y eligiendo. De forma natural, sin presiones. Incluso sin tensiones excesivas entre ellas.

A Calíope le atrajo desde el primer instante mi sofá, la parte izquierda. Según llega, se acurruca, se adueña del mando de la tele y se engancha a cualquier programa de cotilleo que estén emitiendo en ese momento. A Erato, por contra, le apasiona mi colchón. No hace falta que mencione los infinitos conflictos en mi vida matrimonial que semejante fetichismo genera. 

Para evitar peleas conyugales y, seamos sinceros, por una mera cuestión de espacio -nuestra casa no es un palacio-, cuando las musas asaltan mi nevera y me pica la inspiración y mi papelera se atiborra de bocetos espantosos, la única que acaba maltrecha es mi cartera. Laura, a cambio de no hacer preguntas y no dejarse llevar por los celos, me exige una noche de hotel cuatro estrellas, con desayuno servido en la cama y tarde de spa para relajarse. Yo, a cambio de unas dosis, aunque paupérrimas, de inspiración, pago lo que sea. 

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Las musas (5)

Cada vez que las musas se dignan a visitar mi casa, dispongo la mesa del comedor como para las grandes ocasiones, cuando se anuncia una boda, un natalicio o una herencia sustanciosa. Saco la vajilla de espantosos motivos florales, la cubertería de plata y ese mantel que se arruga con solo mirarlo. Las musas se sientan agradecidas y yo me dedico a cebarlas con entremeses, platos principales, postres, copas y puros. Las entretengo todo lo que puedo, las emborracho en la medida de lo posible, pero todos mis esfuerzos son en vano. A las musas les gustan las sobremesas breves y aborrecen las partidas de cartas.

Cuando salen por la puerta de mi casa, solo me quedan media docena de versos por fregar y un par de puntos finales memorables en el frigorífico. Migajas de inspiración después de un ágape copioso.