Por fin, el enemigo

“Tal vez los esperan hasta los soldados alemanes; antes de morir, un extraño deseo se revela en sus mentes y sus cuerpos: el deseo de ver llegar por fin al enemigo, de poder ir a su encuentro, y de que al final cuanto está ocurriendo en los pestilentes sótanos, en las madrigueras de la muerte, tenga un sentido.”
Sándor Márai: Liberación

trincheraHasta que no te vi, frente a mí, en la trinchera, no fui consciente ni de quién era, ni de qué hacía allí. Ni de para qué, ni de para quién.

Sí, en la academia te enseñaban, incluso con fotografías y vídeos, quién era el enemigo, qué aspecto tenía, cuáles eran sus objetivos, cuál su odio. Sí, todo te lo enseñaban. Técnicas y estrategias, armas y golpes bajos. Era sencillo. Erais el enémigo, un contrincante de papel, frases emponzoñadas de rencor y mala sangre. Un enemigo de libro, al fin y al cabo.

Luego, también. En el cuartel, el sargento y el teniente y el coronel. Todos nos repetían por activa y por pasiva que estabais cerca, que debíamos estar preparados, que la hora se acercaba, que la patria nos requería, que el futuro estaba en nuestras manos, en el gatillo de nuestro fusil, en la punta afilada de nuestras bayonetas. Sí, señor, lo repetimos una y mil veces. Hasta que fuimos capaces de imaginaros, gruñendo y blasfemando. Sí, señor. Avanzando sin piedad hacia vuestro objetivo, destruyendo, asolando a vuestro paso. Si, señor. Violando, asesinando, orinando sobre lo sagrado. Erais el enemigo. Lejano, pero no tanto. Odiado, pero sin saber muy bien por qué.

Entonces llegamos al campamento y nos pusieron a cavar trincheras y zanjas, a sembrar los fértiles campos de minas, a plantar alambradas y fronteras. En un par de días, el horizonte se olvidó del futuro y lo vimos más cerca. Y allá, donde antes se posaron los ojos del campesino que esperaba la llegada de la lluvia, ahora se veían nubes de polvo, se oían truenos de guerra. Entonces, solo entonces, sentimos el miedo. Aunque aún estaba lejos, más allá del horizonte. Lejos.

Dos días más tarde, el sargento ordenó refugiarse en las trincheras. La batalla comenzaría en cualquier instante. Debíamos apuntar al frente, disparar a cualquier cabeza que asomara en vuestra trinchera. Esto no era un ejercicio. Sí, señor. Se acabó el adiestramiento. Sí, señor. Llegó nuestra hora. Llegó la vuestra.

El primer disparo sonó como un petardo en una noche de fiesta. La guerra había comenzado. Asomé la cabeza. Ya no quedaba nada del campo fértil que contemplaron nuestros ojos cuando llegamos. Ya no se veía el horizonte. Solo zanjas, alambradas y trincheras. Y minas que estallaban y bombas que explotaban y granadas que volaban y caían y no daban tiempo a despedirse, solo a gritar de dolor, si no se tenía demasiada suerte.

Entonces te vi. Por fin, el enemigo, me dije. Asomabas la cabeza en la otra trinchera. Contemplabas también el horizonte, pero tus ojos temerosos decían claramente que, al igual que yo, eras incapaz de verlo. El casco no te encajaba bien. Tampoco el mío. El fusil temblaba en tu mano. Como el mío. Hasta ese instante no fui consciente de quién eras tú, el enemigo. Hasta ese instante no fuiste consciente de quién era yo, el enemigo.

Nos miramos. Tantas horas de instrucción para comprender algo tan simple, debiste de pensar. Tantas guardias al raso para esto, pensé yo. Fue un segundo. Un instante de comprensión y otro en el que tratamos de dirigir todo ese odio aprendido hacia el gatillo.

Fue un segundo. Y un disparo. Y una despedida.

Fuente de la fotografía: Cheshire Regiment trench Somme 1916

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