Refugiados (al cuadrado)

Hace un mes llegó el primero. Moreno, soltero, cansado. Su aire solitario hizo pensar a los más desconfiados que no venía con buenas intenciones. Pero al fin y al cabo era uno. Un hombre solo y cabizbajo. Le abrieron una puerta. Entró. La casa era cálida, la luz tenue.

Dos días más tarde, llegó una familia. Madre, padre, dos hijos. Caminaban despacio, con la esperanza y el miedo imprimidos a partes iguales en sus miradas. Los hijos, risueños. Los padres, temerosos. ¡Cómo no abrirles las puertas de par en par y sacar la vajilla de invitados y planchar las sábanas de franela y vestirse con la mejor sonrisa y el más cálido abrazo.

Se abrieron cien puertas. Hubo disturbios. Así que el ayuntamiento encargó a la Concejalía de Civismo y Buenos Alimentos organizar una competición al ciudadano más solidario. Lo ganó la hija predilecta del señor alcalde. Una familia decente y solidaria.

Una semana después, la ciudad amaneció abruptamente. La niebla de las primeras horas ocultó la avalancha que amenazaba el sueño del bienestar. Hasta las diez. Entonces se disipó la neblina y asomaron las jaquecas. Sombras de otro tiempo. Heridas abiertas. Eco de bombardeos. Un vómito de pasado con ojos agotados, ropas arrugadas y maletas con agujeros.

La ciudad tembló. El ayuntamiento se asustó. Las puertas abiertas se cerraron.

No hubo concurso al mejor ciudadano, ni discursos de bienvenida, ni chocolate caliente. Solo calles desiertas y buzones asustados.

El ayuntamiento, tras los primeros compases de aturdimiento y en sordina, decidió tomar la iniciativa en el asunto. Habilitó el polideportivo municipal como centro de acogida y allí los envió a todos. No era un lugar tan amplio como para acoger cómodamente a la avalancha, pero al menos era algo.

A los pocos días, los usuarios habituales del polideportivo comenzaron a quejarse. Las duchas siempre estaban ocupadas y no se podía jugar a baloncesto ni a fútbol porque los catres ocupaban los campos. Además, ellos pagaban una cuota al año… El ayuntamiento tomó de nuevo cartas en el asunto y para subsanar los errores de su actuación decidió obrar en dos sentidos: en primer lugar, reducir el espacio habilitado para los refugiados; en segundo lugar, cobrarles la entrada al polideportivo.

Las arcas municipales del Área de Deportes comenzaron a engordar, al tiempo que la avalancha de ojos cansados y maletas agujereadas vivía en unos metros cuadrados cada día más escuálidos. Tal fue el superávit un mes después que el ayuntamiento decidió construir un nuevo polideportivo, para así no tener que mezclar a los nobles usuarios con el ejército de desheredados.

Abrumado por la deuda municipal y sorprendido ante la marcha óptima de las medidas extraordinarias tomadas con los refugiados, muy pronto el señor alcalde concluyó que pagar la entrada al polideportivo no era suficiente. ¿Por qué no despojarles de cualquier riqueza que poseyeran para así cubrir todos sus gastos? Dicho y hecho. Primero fueron pendientes, luego anillos, más tarde dientes. Les siguieron abrigos de marca, camisas de rayas y zapatos de tacón. Juguetes, móviles, carteras. Hasta que no quedó más que calderilla en los bolsillos, en el caso de que hubieran logrado conservar los pantalones.

Cuando todo lo material se convirtió en oro, el pleno municipal aprobó una medida polémica y necesaria: los refugiados debían contribuir a mantener la salud pública de los conciudadanos si querían continuar viviendo bajo techo. ¿Cómo? Primero, donando sangre. Más tarde, donando órganos. Las primeras muertes ocurrieron cuando de pedirles riñones se pasó a exigirles ojos, hígados o pulmones.

En ese momento, algunos refugiados comenzaron a ser refugiados al cuadrado. Escapaban, ya no de la guerra, sino de su propia condición de refugiados. Los que no huyeron fue porque estaban demasiado débiles. Hasta que un día, ya no quedó nada. Ni riñones, ni hígados, ni ojos. Ni siquiera cuerpos. El polideportivo se vació de catres y los nobles usuarios descubrieron que ahora tenían dos polideportivos. Y se alegraron, con su sonrisa postiza y su ojo y su riñón robados.

Solo cuando oyeron el eco de los bombardeos a las afueras de la ciudad se les atragantó la sonrisa. Los más rápidos huyeron esa misma noche. Los más precavidos salieron al alba, después de dedicar toda la noche a recopilar sus ganancias, en previsión de lo que pudiera acontecer. De la casa del señor alcalde se vio salir a un hombre. Llevaba puestos tres pares de pantalones, cuatro camisas de rayas, cinco jerseis y dos chamarras de marca. En los pies zapatos de tacón y en las manos unas deportivas muy caras. Arrastraba un gran saco lleno de dinero y, sin embargo, temblaba. Seguramente ya había calculado que, si la guerra se alargaba más de lo esperado, todo aquello no le llegaba para evitar perder un ojo o un riñón o lo que fuera que quedara.

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2 comentarios en “Refugiados (al cuadrado)

    1. Tristemente la realidad supera ampliamente la ficción, Ricardo. Parece mentira la patética respuesta que estamos dando desde Europa al conflicto de los refugiados.
      Espero seguir removiendo conciencias (si las musas me lo permiten). Gracias por pasarte por aquí para comentar. Un abrazo enorme.

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