Anoche crucé una raya

Anoche crucé una raya. Una raya pintada en el suelo. No sé si lo hice consciente o inconscientemente. Al fin y al cabo era una raya. Una raya pintada en el suelo. Blanca, quebradiza, solitaria.

Pero iba descalzo y la raya estaba pensada para ejercer de raya, no para decorar el suelo. Me pinché. Nada grave. Un par de cristales puntiagudos se clavaron en la planta de mi pie. Desde entonces, soy incapaz de olvidar la raya. Triste recuerdo.

Nunca pensé que una raya pudiera ser tan hiriente. Ya les digo que no sé si la crucé consciente o inconscientemente. Al fin y al cabo era una raya. Una raya pintada en el suelo. Eso sí, desde anoche, todo el mundo me mira diferente. O quizás me miren igual que cuando vivía al otro lado, pero me ven diferente. Unos me ven más flaco, otros me ven más pobre. Otros, más negro.

Es curioso: desde anoche yo también me veo diferente. Me siento ajeno, como si todo a este lado de la raya fuera extraño y punzante. Como si los ojos que me observan con miedo lograran teñirme de amenaza. Como si los ojos que me miraban desde el otro lado  pudieran transmitirme sus lágrimas de añoranza.

Anoche crucé una raya. Una raya pintada en el suelo. No sé si lo hice consciente o inconscientemente. No importa. Desde anoche soy extranjero.

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