El hueco

Abrió la puerta. Repasó rápidamente las caras que lo observaban. Y allí estaba. La silla vacía. El hueco.

Era cierto. Por un momento, deseó cerrar los ojos, negar la realidad, volver al pasado. Pero era cierto. Una lágrima en fa sostenido y un llanto discreto en si bemol lo corroboraban. La silla estaba vacía. No había más que un hueco, con su eco y su escalofrío.

¿Cómo sostenerle la mirada a ese hueco de ojos en blanco y negro, pelo rubio desteñido, piel descafeinada, ropa estancada en un ayer que nunca será mañana? ¿Cómo sostenerle la mirada y no tropezar en el intento, no dejarse caer, ahogarse en el vértigo, convertirse también en hueco?

Le preguntó la razón de su existencia, pero no obtuvo respuesta. Solo un eco gris, una lágrima en fa sostenido y un llanto discreto. No había verbos para llenarlo de acción ni preposiciones para conectarlo con el presente. No había nada.

Solo una silla vacía. Un hueco.

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