Laura y sus deportistas

Laura estuvo saliendo un año con un jugador de baloncesto. Me lo contó una tarde de verano mientras tomábamos un helado, dando un paseo. Lo dejó ella, cansada de sus manos grandes que la abarcaban y la estrechaban como si fuera un charco. Pero Laura era un océano.

Luego salió con un futbolista. No duraron mucho. Era fornido, decidido y se peinaba con un tupé puntiagudo con el que trataba de esconder sus entradas incipientes. También lo dejó ella.

—Me agotaban sus ganas de hablar y de preguntarme y de conocerme. Como si quisiera descubrir la mejor táctica, la estrategia más adecuada para destapar todos mis secretos.

El siguiente fue un tenista. No duraron mucho más de un mes: era demasiado guapo. A continuación, vino un golfista: demasiado pausado. El último fue un atleta.

—Me gustaban sus piernas y sus ojos.

Le costó romper con él. Era dulce y cariñoso, pero Laura no soportaba su ánimo incansable de atleta. Desde la ducha de la mañana, hasta el más íntimo instante de placer eran una competición.

Así terminaron sus años de deportistas, tal y como los denominaba ella. Harta de su espíritu competitivo y su fijación obsesiva por ir directos a la canasta, a la portería o a la meta, particularmente bajo las sábanas; incapaces de separar el mundo del balón o la pelota del de los afectos y el sexo, se prometió que nunca jamás saldría con un deportista.

El día que me conoció me sondeó con una pregunta demasiado amplia para la primera copa.

—¿Y tú qué haces?

Supuse que después de mi respuesta me tocaría pagar la cuenta y cenar solo. Mi fama de cuentista sin oficio ni pingües beneficios se reflejaba por aquel entonces en mis ojos descafeinados y en mis pantalones de colores imposibles. Así que no mentí:

—Simplemente sobrevivo.

No sé qué le gustó más. Si mi sinceridad abrumadora o mi apatía recalcitrante. El caso es que aquel día cenamos juntos. Y después de cuatro años y medio, y una hija, sigo sin saber si no echa de menos a su futbolista o a su tenista, o a esas manos grandes que le acercaban el horizonte y lo convertían en un estanque. Nunca le pregunto, por si acaso.

Fuente de la fotografía: Unsplash

*Este relato responde al reto de Cuentiembre (un cuento al día en noviembre) lanzado por @megustaescribir y se inspira en la palabra del día (#baloncesto) propuesta por @InstagramELE.

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