El día de todos los santos

Como cada primero de noviembre, su madre la arrastró hasta el cementerio para visitar la tumba de su abuela. Odiaba aquellas visitas anuales. Eran aburridas, lacrimógenas y las flores que compraba su madre siempre le daban alergia. Se pasaba toda la visita disimulando los estornudos y secándose los lagrimones que le anegaban los párpados. Su madre siempre creía que las lágrimas eran por su abuela y la abrazaba con fuerza, estampándole las flores en la cara y provocándole un llanto irrefrenable que no lograba controlar hasta  un par de horas más tarde.

—Tu abuela te adoraba.

Seguramente sería cierto pero lo más que recordaba de su abuela era su voz tenue y sus dedos ganchudos. Murió cuando no había cumplido ni tres años. Para ella no era mucho más que una fotografía en blanco y negro y una docena de recuerdos construidos a partir de las anécdotas que se contaban una y otra vez en la sobremesa de cada Nochevieja.

Aquel día de todos los santos su madre se había empeñado en que luciera el collar de su abuela.

—Ya eres una señorita. Tu abuela lo guardaba especialmente para ti.

No se quejó. Dejó que su madre lo colgara de su cuello mientras pensaba que aquel era un collar de viejas. Si me vieran mis amigas…

—Te gusta, ¿verdad?

Se sonrojó. Su madre lo tomó por coquetería. Solo cuando dio un grito diminuto la miró de arriba abajo sorprendida.

—¿Qué te pasa?

Lucía no encontró las palabras para responder.

—Déjate de tonterías y termina de prepararte. Salimos en cinco minutos.

Cuando su madre cerró la puerta de la habitación, pudo comprobar que lo que creía haber visto era cierto. Ron, su difunto perro, saltó a la cama, le chupó la cara sin mojarla y se sentó sobre ella sin aplastarla.

La salida a la calle le descubrió un mundo paralelo a aquel en que sus padres se quejaban por sus trabajos rutinarios y ella por los infinitos deberes y los complicadísimos exámenes del instituto. Era un mundo más transparente, más bullicioso, menos corpóreo, más liviano. De camino al cementerio, el coche de su padre atropelló, sin consecuencias, a media docena de almas del purgatorio.

Cuando su padre detuvo el coche en el aparcamiento del camposanto, Lucía descubrió que allí dentro el jolgorio era aun mayor. Como si todas las almas de la ciudad se hubieran congregado junto a sus tumbas para ver a sus seres queridos. Lo observaba todo ojiplática.

—¿Este año no lloras, cariño? —le preguntó su madre ante la tumba de su abuela.

Estuvo a punto de abalanzarse sobre las flores para encontrar las lágrimas pero, en ese preciso instante, el alma de su abuela salió de su tumba y se chocó contra ella. La reconoció por sus manos ganchudas y la voz tenue con la que se disculpó.

Antes de que Lucía abriera la boca para interesarse por sus prisas desmedidas, su abuela se apresuró a satisfacer su curiosidad, para que no creyeran que hablaba sola.

—A mí también me dan alergia, cariño.

*Este relato responde al reto de Cuentiembre (un cuento al día en noviembre) lanzado por @megustaescribir y se inspira en la palabra del día (#alma) propuesta por @InstagramELE.

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