Bocetos íntimos y juguetones

—Aita.

La voz de mi hija sonaba risueña mientras preparaba la comida. El aceite estaba caliente, el horno encendido y la radio a todo volumen hablaba de la borrasca que se acercaba por el Atlántico y de las isobaras caprichosas y los nubarrones testarudos.

No le hice caso, estaba demasiado ocupado. La oía reír y la imaginaba con su sonrisa pícara maquinando cómo armar el siguiente follón, mientras doraba la cebolla y terminaba de batir los huevos para el bizcocho.

—Aita…

Cuando me di la vuelta, ya estaba preparado para encontrarme el tazón entero de Cola Cao sobre la mesa de la cocina. Me equivocaba. La leche continuaba en su taza, no así las galletas, rotas y desparramadas por el suelo. Y sobre la mesa, los personajes que en ellas venían dibujados habían cobrado vida.

Había una princesa de ojos endemoniados que trataba de cabalgar sobre un dragón juguetón. Había un príncipe inmaduro que quería ser rana y olvidarse del trono y de su herencia. Sobre la mano de mi hija, una bruja joven intentaba pintarle las uñas con sus pociones mágicas. Y en su oreja, un duende diminuto le susurraba versos de amor y le hacía cosquillas con sus orejas puntiagudas.

La cocina era un desastre. Si Laura hubiera entrado en ese momento, habría ardido Troya y los habitantes de las galletas se habrían arrepentido de escapar de su dulce cautiverio.

Solté un par de gritos, dirigidos a los intrusos. Mi hija no paraba de reír. La princesa, el príncipe, la bruja, el duende y el dragón ni se inmutaron. Siguieron rompiendo galletas y desparramándolas por el suelo.

En medio de la diversión, mi hija dibujó un garabato amorfo con rotulador sobre la mesa. Antes de que tuviera tiempo de reñirle a ella también, el garabato se levantó de la mesa, nos saludó respetuoso y comenzó a interactuar con el resto de personajes. Enseguida terminó marginado en una esquina, ante la indiferencia del resto.

Sonó mi teléfono. Era Laura.

—Llego en cinco minutos.

Comencé a sudar. Hasta a mi hija le cambió la expresión. Y eso que no tiene ni dos años. Pensé rápido. Vi el garabato. Cogí el rotulador. Dibujé un rey, de expresión adusta y carácter resolutivo. El hombre cobró vida al instante, se puso en pie —no sin dificultad a causa del lumbago— y comenzó a vociferar órdenes y sabios consejos a su hija la princesa y a su hijo el príncipe. Fue inútil. El dragón, aquejado de un catarro persistente, estornudó con tanta puntería y tan mala fortuna que su aliento de fuego convirtió en cenizas al rey cascarrabias. Sus hijos no soltaron ni una lágrima.

Necesitaba dar con una solución enseguida. Dibujé un mago, con su barba entrañable y su varita mágica superpoderosa. Levitó sobre la mesa con los ojos cerrados y una expresión de sabiduría que infundía seguridad y confianza. Sin embargo, en cuanto abrió los ojos y vio a la joven bruja, comenzó a empequeñecer, a desvanecerse, se le oscureció el rostro, desapareció su seguridad, se borró su sabiduría, se dobló su varita y desapareció.

Sonó el telefonillo del portal.

—Subo.

No había tiempo. Mi hija temblaba. La princesa, el príncipe, el dragón, la bruja y el duende no desaparecían. Recurrí a mi último recurso. Escribí Laura en la mesa. Mano de santo. Antes de terminar de escribir la segunda a, ya se oían los gritos de una diminuta Laura, borrosa y difusa, por toda la cocina. Les llamó inútiles, vagos y maleantes; les obligó a recoger inmediatamente las galletas rotas y, mientras las tiraban a la basura, se aseguró de que se marchaban con ellas.

Cuando las llaves de la Laura de carne y hueso tintinearon en la cerradura, la cocina estaba recogida, las galletas en la basura y la princesa, el príncipe, el dragón, la bruja y el duende no eran más que un estrafalario recuerdo. Laura entró, nos escrutó con la mirada, vio su nombre escrito en la mesa dentro de un corazón y sonrió.

—¿Qué ha pasado aquí?

—Tu hija, ya sabes —contesté.

No siguió preguntando. Tampoco comentó nada esa noche, cuando volvió a la cama después de visitar la cocina. Había oído ruidos extraños. Un estornudo abrasador, una risa nerviosa, un suspiro cansado, unas palabras de amor. Me hice el dormido cuando entró en la cama, pero pude oír su risa ahogada.

Por la mañana, junto al corazón de Laura, me encontré mi nombre escrito. Desde entonces, cerramos la puerta de la cocina antes de irnos a dormir. Para darles un poco de intimidad a los bocetos.

*Este relato responde al reto de Cuentiembre (un cuento al día en noviembre) lanzado por @megustaescribir y se inspira en la palabra del día (#galleta) propuesta por @InstagramELE.

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