Antropofagia poética

Se llamaba  Fermín Aurrekoetxea Martínez, por lo que dice la esquela que he descubierto hoy en el periódico.  En el barrio le llamaban Cacho. No sé por qué. Eso quienes le conocían. Los que no simplemente cuchicheaban allá va el poeta a su paso. Es fácil identificar a alguien como el poeta. Supongo que en pleno siglo XIX o a principios del XX proliferarían como ratas en las bodegas de un barco. Decir allá va el poeta sería como no decir nada. Pero, en la segunda década del siglo XXI, Cacho no era más que una rara avis, una pieza de museo que cotizaba al alza, no por el valor de sus versos sino por su excepcionalidad.

La vecina del segundo cuenta que, en otro tiempo, cuando aún quedaba algún caserón en pie en el Campo de Volantín, paseaba siempre con sombrero negro, gabán beige —lloviera o apretara el calor— bastón con empuñadura de marfil y, a su lado, un gran danés que le daba un aire de jinete decimonónico. Por aquel entonces, enamoraba a las señoritas con versos endecasílabos y sonetos apasionados.

Cuando yo lo conocí, ya no tenía perro, ni sombrero, ni gabán. Conservaba su viejo bastón aunque en la empuñadura no lucía más que una gastada cinta de carrocero enrollada con esmero para disfrazarla de cuero. Sus aires de dandi modernista habían dado paso a un aspecto desgarbado. Los endecasílabos habían sustituido la pasión y la rima por el verso libre y la amargura. Sus ojos, al igual que sus versos, hablaban de soledad, noches al raso y recuerdos de caricias incompletas. Sobrevivía gracias a los cafés con leche y los caldos a los que le invitaba Agurtzane, la de la degustación de la esquina. Se los pagaba con octosílabos risueños.

—¿Quiere unos versos, joven?

Siempre repetía la misma cantinela. A la puerta de los supermercados, las fruterías o las farmacias. Vendía sus versos a cambio de un euro. Algunos viernes se los compraba. Por caridad poética. No me gustaban. Eran demasiado incoloros, con aroma a humedad y restos de ceniza.

Con el tiempo, comenzó a molestar en el barrio. Se volvió más excéntrico, si cabe. Espantaba a los turistas. Ya no pedía un euro a cambio de sus versos, tan solo la voluntad. Pero la suya propia, no la de sus clientes.

—Quémenlo después de leerlo.

Quienes le conocían del barrio y le seguían comprando versos sabían que lo que parecía una extravagancia de poeta no era sino el precio impuesto. Los turistas, que llegaban al funicular atraídos por las vistas de la villa desde Artxanda y se lo encontraban allí sentado, lo entendían como falsa modestia. Cacho se enfadaba cuando le dejaban unas monedas en lugar de quemar sus versos.

—Inhóspitos malandrines, que la luna desdentada os devore con su lamento tramontano —los maldecía.

El ayuntamiento, preocupado por cuidar a la nueva fauna no autóctona, enseguida tomó cartas en el asunto: le otorgó una pensión vitalicia, una vivienda social y le regaló un gabán beige, un sombrero negro y un nuevo bastón, con la esperanza de que el viejo poeta recuperara su cordura y sus versos endecasílabos que no molestaban más que a los progenitores de las señoritas de la alta sociedad de los años sesenta.

Cacho, cansado de la vida y convencido de que nunca había escrito versos más puros que los del presente, redactó una extensa carta al señor alcalde, en versos alejandrinos, en la que le agradecía su pensión, su vivienda, su gabán, su sombrero y su bastón, pero le recomendaba que los recogiera antes de tres días o amenazaba con organizar la hoguera más poética que haya visto jamás el ser humano.

Solo, andrajoso y hambriento, Cacho volvió a sus hábitos incívicos y a sus versos incendiarios. Las palabras de su carta corrieron como la pólvora por el barrio, ganándose más enemigos que amigos. Incluso Agurtzane, fiel votante del partido del regidor, le negó la entrada a su  degustación añeja.

Casi en los huesos, apenas se le veía cuando su voz susurraba, a la salida del supermercado:

—¿Quiere unos versos, joven?

Dicen que en las horas muertas se le podía ver comiéndose sus propias creaciones. Cada vez más decrépito, cada vez más delgado, sus versos comenzaron a rayar en el realismo intimista. En ocasiones, se le escapaban endecasílabos endemoniados que vendía a las turistas escandinavas a cambio de un beso de buenas noches.

—Una mañana apareció tuerto —contaba mi vecina del segundo.

—¿Una pelea? —le pregunté.

Mi vecina negó con la cabeza y se santiguó, como alejando a los fantasmas.

—El hambre.

De niño había escuchado esas historias, al mismo tiempo que oía hablar del hombre del saco. Nunca les había dado demasiado crédito.

—¿Lo dice en serio?

Ella asintió grave.

—Y su pierna izquierda y su oreja derecha y un riñón y parte de su hígado. Escribir poesía no da para comer. Nunca lo ha dado.

No la creí, pero el día en que Cacho apareció muerto a las puertas del funicular, comencé a dar crédito a las viejas historias que había oído desde niño y a los cuchicheos de ascensor de mi vecina del segundo.

—Lo encontraron envuelto en sangre, con el corazón entre los dedos parcialmente mordido, la mano derecha sobre una hoja de papel y un verso a medio escribir.

«Una hoja en blanco menos»

Recogieron su cadáver antes de que aparecieran los primeros turistas. La mayoría de los vecinos del barrio apenas notaron su ausencia. El alcalde se negó a erigir una estatua en su recuerdo en la plaza. Algunos viejos poetas le rindieron homenaje vendiendo sus versos en la puerta de los supermercados. Agurtzane soltó una lágrima mientras preparaba los cafés con leche de la mañana.

Varios días después la ciudad entera pudo leer su esquela en el periódico. Se llamaba Fermín Aurrekoetxea Martínez, aunque todos le llamaban Cacho. O el poeta. En la esquela simplemente rogaban que se leyera un verso alejandrino en su recuerdo y, seguidamente, se quemara para unirse al alma del poeta. Esa noche, en la villa, los bomberos tuvieron trabajo extra. Fueron incendios rítmicos, con aroma a humedad y regusto a caricias de otro tiempo.

El alcalde aprobó al día siguiente la nueva ordenanza municipal. Se prohibía expresamente vender poesía a las puertas de los supermercados, acosar a las turistas escandinavas con versos endecasílabos y prender hogueras en recuerdo de Cacho, nuestro poeta. La oposición se quejó arduamente por el control de la vida pública que pretendía ejercer el primer edil. Presentaron una enmienda parcial para que se preservara la libertad de antropofagia poética. Fue aprobada por amplia mayoría y celebrada con un banquete. Nadie prendió versos, ni se comió su propio hígado, ni se invitó a los viejos poetas.

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