“El matrimonio es un espejo, siempre le descubre a uno algo de sí mismo que habría preferido no saber. Al vivir con alguien, como al escribir, uno se delata. La historia que contamos también nos cuenta a nosotros nuestra propia historia, lo que no queríamos saber de nosotros mismos.”

Lo que no está escrito, Rafael Reig

Pregunta: ¿Cómo trabaja? ¿Es más difícil planear la obra, escribir o revisar?

J. C. O.: Es importante planearla con cuidado. Planeo durante meses, lo planeo todo, tomo notas muy cuidadosamente, tomo muchas notas, tengo una línea y empiezo a escribir diálogos y escenas, y para cuando empiezo a escribir la novela tengo mucho material. La parte más difícil es escribirla. Pero mientras tomo notas puedo despertarme en mitad de la noche y trabajar. Revisar es la parte más fácil.

Pregunta: Hablemos de la estrucura. ¿Cómo encuentra la voz, el tono, la estructura? ¿Cómo lo decide?

J. C. O.: Es muy intuitivo, paso mucho tiempo buscando la voz, es la parte más difícil en la etapa de planificación. Debo encontrar la voz exacta. Las frases pueden ser cortas, largas, poéticas, pero esas voces están elegidas muy cuidadosamente para reflejar el carácter de los personajes. Hay distinta gente y distintas voces, y además una voz interior de cada personaje, que puede tener dos o tres voces. (…) El trabajo de la literatura es un trabajo de arte que tiene cualidades musicales, y para mí es muy atmosférico. Es como si estuviera creando un mosaico en tres dimensiones: el tono musical, los momentos de belleza, momentos de poder… y sentido de comprensión de lo que la gente ve. Pero es de una forma intuitiva.

Entrevista en Babelia. 12 de octubre de 2015

Estocadas piscícolas

Mi barrio, si por algo destaca, es por las repeticiones. No nos basta con una panadería o una iglesia o una peluquería para ser felices, necesitamos docena y media para sentirnos completos y realizados. Ocurre lo mismo con las pescaderías. Si un extraño camina por nuestras calles, lo primero que le llama la atención es el aroma tan característico y cambiante que desprenden las esquinas. A las siete de la mañana, fresco y adormilado. Alrededor del mediodía, intenso y penetrante. Hacia las tres de la tarde… cómo decirlo finamente. Podrido. Literalmente, putrefacto. Así que no es extraño ver a turistas desorientados, con pinzas en las napias, ofrecidas gratuitamente por las oficinas de turismo municipales y patrocinadas por el Consorcio de Aguas de la villa.

Entre tanta variedad, yo suelo elegir la pescadería de los hermanos para mis compras. Así la llaman. La de los hermanos. También tenemos la de la cojita, la del roñoso, la del guarro y la de los gallos. No somos excesivamente creativos en mi barrio. A Laura le saca de quicio tanto mote.

—Cómo nos llamarían a nosotros, si tuviéramos una pescadería —suele decirme.

—Es una suerte no tenerla, ¿no crees?

La pescadería de los hermanos es una de las más populares. Desde que abrió. Aunque como todo negocio que se precie, tuvo su momento crítico. En este caso, poco después de la inauguración. Abrieron sus puertas el mismo año en que se plantó la primera piedra de ese museo con forma de naufragio y mástiles de eternidad. Década arriba, década abajo. Ni siquiera Aurora, la hermana, lo recordaba con exactitud.

—Parece que ha volado toda una vida —me decía Antón, el hermano.

Su pescadería está en una esquina, junto a la degustación de Agurtzane y pegadita a una de las peluquerías que cerraron tras la epidemia de piojos. Hoy en día no hay más que ratas en ese local.

—Tú eres muy joven —me piropeaba el otro día Aurora—. Seguro que no recuerdas nuestra inauguración.

Mentí. Yo era muy joven, sin duda. Pero cómo olvidarla… Sin embargo, prefería escuchar de nuevo la historia directamente de sus labios.

—Este siempre ha sido un barrio con aires señoriales —comenzó Aurora—, pese a su apariencia obrera y de origen inmigrante.

—Aquí todos somos maquetos, pero hidalgos —añadió Antón.

Aurora detestaba que su hermano la interrumpiera.

—Por eso, intentamos crear una pescadería con apariencia humilde y familiar pero con corazón aristocrático.

—Invitamos a champán entre las merluzas y los gallos aquel día.

Improvisé una cara de sorpresa, aunque recordaba perfectamente la espina de una copa de champán que acabó con mi madre y con media docena de vecinos en el hospital aquella mañana. Ellos, evidentemente, obviaron los detalles.

—Fue un éxito —aulló Antón.

—Y nosotros quisimos corresponder a nuestros vecinos y agradecerles su cariño estando siempre atentos a sus demandas.

—Constantemente se quejaban de que al barrio siempre llegaba lo mismo: la merluza y el gallo.

—Que estaban aburridos —continuó Aurora—. Así que durante las primeras semanas nos esforzamos por traer todo tipo de pescados exóticos que jamás habían nadado por estas calles.

—Tiburón de los mares del sur, ballena con náufrago, calamar gigante, ostra sin perla.

—Trajimos de todo. Y todo fue un éxito. Hasta la tercera semana —sentenció muy seria Aurora.

Su mirada se nubló ligeramente antes de continuar. Antón me observaba serio pero sus labios denotaban una pizca de ironía que trataba de ocultar ante su hermana.

—Todo salió mal desde que levantamos la persiana. Era un sábado. Familias al completo se reunían en nuestra pescadería para desayunar y hacer sus compras de la semana. Imagínate. Los niños correteando, los bebés llorando, las madres que si no toques eso, los padres que si estate quieto. A las nueve y media ya se mascaba la tragedia: una niña de cinco años se pinchó con uno de los peces espada.

—Todo quedó en un susto —corroboró Antón.

—Hasta que el fútbol y la política entraron por la puerta. ¿Ahora entiendes por qué tengo ese cartel en la pared, no? Si es que ya lo decía mi madre, en la cama y en la tienda, ni se vota ni se golea.

Logré contener la carcajada que, como un eructo, me llenó la boca de cosquillas. Antón no pudo disimular su sonrisa a tiempo y se ganó una reprimenda de su hermana.

—Eran dos vecinos de los de toda la vida. Fermín y Eugenio. Solían potear juntos los jueves. Uno merengue, el otro del Athletic. Uno ligeramente de izquierdas y el otro ligeramente de derechas. Lo de siempre. Que si los tuyos hicieron tal, que si los míos cual, que si fue penalti, que si mano clara. El ambiente en la pescadería se caldeó demasiado rápido. Los gritos atrajeron a más curiosos y más familias y a un guardia municipal y al concejal de turismo.

—Se nos fue de las manos —confesó Antón.

—¿Y qué íbamos a hacer? Nosotros buena cara y a soportar el chaparrón. Hasta que Fermín abofeteó con su guante a Eugenio, y Eugenio dijo dónde y cuándo, y Fermín echó mano de un pez espada, y Eugenio de otro.

Para entonces ya era imposible contener la risa. Antón hablaba de Fermín, entre carcajadas, como si de un espadachín decimonónico se tratara.

—Con su gabán azul marino y su media calva, era un D’Artagnan de chiste.

—Y Eugenio no lo mejoraba —resopló Aurora.

De niño había rememorado esa escena una y mil veces. La había recreado con mi pandilla de amigos hasta la saciedad y el aburrimiento. Sin embargo, escucharla nuevamente de labios de Aurora y Antón no tenía precio.

—Trataron de salir a la calle para tener más espacio pero la acumulación de curiosos se lo impidió.

—El duelo se llevó a cabo allí mismo, entre las cocochas y las gambas, y las familias con hijos y el guardia municipal. Nadie trató de imponer cordura.

—Se nos fue de las manos —reiteró Antón.

—¿Y qué íbamos a hacer nosotros? Para cuando lo intentamos, ya era tarde. Fermín yacía malherido sobre los congrios y Eugenio se desangraba entre las almejas.

—Género perdido, en cualquier caso —se lamentaba él.

—Si solo hubiera sido eso… Pero entonces llegó la hija de Fermín y el sobrino de Eugenio y, tras ver el desbarajuste y la sangre, se armaron con sendos peces espada y rodaballos, que utilizaron como escudos, y se liaron a mamporros y estocadas. Y con semejante alboroto, atrajeron a más cotillas y a más familiares de los pendencieros y a más municipales sin oficio y a todos los concejales con beneficio.

—La calle se llenó al mismo ritmo que nuestra pescadería se vaciaba de género.

—Desaparecieron primero los peces espada y los rodaballos, pero llegó un momento en que cualquier pescado se convirtió en un arma óptima para la batalla.

—Una batalla piscícola memorable —dije.

Ambos me miraron confusos.

—¿La recuerdas? —preguntó Aurora.

—¡Cómo olvidarla! Fue lo más divertido que ocurrió en el barrio durante toda mi infancia.

Aurora parecía molesta.

—No te enfades Aurora. Siempre me ha encantado escuchar esta historia contada por vosotros mismos.

—El chico tiene razón —intervino Antón—. Fue memorable.

—Y casi nos cuesta el negocio —protestó Aurora.

—También. Pero la ertzaintza y las asistencias intervinieron a tiempo.

—Afortunadamente.

Antón sacó un periódico que guardaba siempre bajo el mostrador de las merluzas.

—Veintidós heridos por arma blanca, treinta y cinco contusionados por impacto de rodaballo y medio centenar de intoxicados graves debido a las espinas de pez globo.

—Una gaita, vamos.

—Todo salió bastante bien, Aurora.

—Porque tuvimos suerte, ¿pero no recuerdas a aquel concejal que estaba empeñado en cerrarnos la tienda?

—Estaba enfadado porque era el único de la corporación municipal que se había perdido el espectáculo.

—Pero aquí seguís —concluí yo.

Ambos suspiraron.

—Aquí seguimos. Después de jurar ante los Santos Evangelios, la Constitución y la Carta Puebla que nunca jamás volveríamos a traer animales exóticos por el barrio.

—¿Y cumplisteis? —pregunté curioso.

—Cumplimos. ¿No ves la cara de aburrimiento de las merluzas y los gallos?

—Y de los clientes —añadió socarrón Antón.

—El barrio se olvidó de sus aires señoriales de otro siglo y se contentó con ser un barrio humilde y familiar, en el que poder desayunar la familia al completo los sábados por la mañana en una pescadería, sin miedo a que dos vecinos se líen a estocadas y mamporros.

—Un barrio del montón, vamos. Pero tranquilo.

Antón y Aurora observaban con orgullo sus gallos y sus merluzas, aunque con cierta melancolía de aquellas tres semanas en las que soñaron con ser la pescadería de moda, la más exótica y señorial de esta margen de la ría.

—¿Ves a aquel tipo de bigote que está cruzando la calle? —me preguntó Aurora.

Asentí.

—Después de comprar el periódico, entrará a la pescadería. Nos preguntará si tenemos algo diferente, algo nuevo.

—Ya está jubilado, pero viene todas las semanas. Cada vez con un look distinto.

—Es el concejal que nos denunció. Al principio me daba rabia, pero acabé cogiéndole cariño. Me da pena.

—Está solo. Su mujer falleció hace unos años y se lleva mal con su hija.

—Entra y pregunta: «¿Algo nuevo esta semana?»

—Supongo que espera encontrar los peces espada y los espadachines que nunca vio. Quizás volver a aquel día. Cuando no estaba solo —me explicó con cierta pesadumbre Antón.

—Yo le miro, como si no le conociera, y le respondo: «Lo de siempre, amigo mío. Merluzas desganadas y gallos afligidos. Somos un barrio humilde, señor.»

El hueco

Abrió la puerta. Repasó rápidamente las caras que lo observaban. Y allí estaba. La silla vacía. El hueco.

Era cierto. Por un momento, deseó cerrar los ojos, negar la realidad, volver al pasado. Pero era cierto. Una lágrima en fa sostenido y un llanto discreto en si bemol lo corroboraban. La silla estaba vacía. No había más que un hueco, con su eco y su escalofrío.

¿Cómo sostenerle la mirada a ese hueco de ojos en blanco y negro, pelo rubio desteñido, piel descafeinada, ropa estancada en un ayer que nunca será mañana? ¿Cómo sostenerle la mirada y no tropezar en el intento, no dejarse caer, ahogarse en el vértigo, convertirse también en hueco?

Le preguntó la razón de su existencia, pero no obtuvo respuesta. Solo un eco gris, una lágrima en fa sostenido y un llanto discreto. No había verbos para llenarlo de acción ni preposiciones para conectarlo con el presente. No había nada.

Solo una silla vacía. Un hueco.

Laura y sus deportistas

Laura estuvo saliendo un año con un jugador de baloncesto. Me lo contó una tarde de verano mientras tomábamos un helado, dando un paseo. Lo dejó ella, cansada de sus manos grandes que la abarcaban y la estrechaban como si fuera un charco. Pero Laura era un océano.

Luego salió con un futbolista. No duraron mucho. Era fornido, decidido y se peinaba con un tupé puntiagudo con el que trataba de esconder sus entradas incipientes. También lo dejó ella.

—Me agotaban sus ganas de hablar y de preguntarme y de conocerme. Como si quisiera descubrir la mejor táctica, la estrategia más adecuada para destapar todos mis secretos.

El siguiente fue un tenista. No duraron mucho más de un mes: era demasiado guapo. A continuación, vino un golfista: demasiado pausado. El último fue un atleta.

—Me gustaban sus piernas y sus ojos.

Le costó romper con él. Era dulce y cariñoso, pero Laura no soportaba su ánimo incansable de atleta. Desde la ducha de la mañana, hasta el más íntimo instante de placer eran una competición.

Así terminaron sus años de deportistas, tal y como los denominaba ella. Harta de su espíritu competitivo y su fijación obsesiva por ir directos a la canasta, a la portería o a la meta, particularmente bajo las sábanas; incapaces de separar el mundo del balón o la pelota del de los afectos y el sexo, se prometió que nunca jamás saldría con un deportista.

El día que me conoció me sondeó con una pregunta demasiado amplia para la primera copa.

—¿Y tú qué haces?

Supuse que después de mi respuesta me tocaría pagar la cuenta y cenar solo. Mi fama de cuentista sin oficio ni pingües beneficios se reflejaba por aquel entonces en mis ojos descafeinados y en mis pantalones de colores imposibles. Así que no mentí:

—Simplemente sobrevivo.

No sé qué le gustó más. Si mi sinceridad abrumadora o mi apatía recalcitrante. El caso es que aquel día cenamos juntos. Y después de cuatro años y medio, y una hija, sigo sin saber si no echa de menos a su futbolista o a su tenista, o a esas manos grandes que le acercaban el horizonte y lo convertían en un estanque. Nunca le pregunto, por si acaso.

Fuente de la fotografía: Unsplash

*Este relato responde al reto de Cuentiembre (un cuento al día en noviembre) lanzado por @megustaescribir y se inspira en la palabra del día (#baloncesto) propuesta por @InstagramELE.

Un roble sin raíces es como un pueblo al que le han robado la historia y le han convencido de que es el invento del sueño, o la pesadilla de alguien. Un roble sin ramas es como un pueblo que teme al futuro y siente pánico por abrirse a otros pueblos.

Mario Onaindia: Guía para orientarse en el laberinto vasco