Peluquerías como setas

Desde que la muy respetable y soberana ciudadanía eligió al nuevo equipo de gobierno municipal, los honorables ediles se han dedicado a supervisar cada uno de los barrios de la noble villa. Dicen que para ordenarla y organizarla de forma más acorde con las nuevas necesidades, las expectativas de visitantes y turistas, y —qué duda cabe— el gusto caprichoso y cambiante del alcalde de turno.

En un principio, se habló de la participación de los vecinos a través de consultas ciudadanas. Pero pronto se observó que, enterrados los mítines y los discursos populistas, la participación de los electores se aplazaba hasta los próximos comicios. El sistema de evaluación dejó de ser tema de debate en los plenos y se acabó por asignar su organización al concejal de urbanismo, quien abrumado por el impacto negativo que una decisión equivocada pudiera tener en su carrera política decidió retrasarlo sine die.

Este retraso burocrático facilitó que el tema cayera en el olvido, al menos de puertas a la galería, una amnesia seguramente ansiada y buscada por los ediles más aviesos del equipo de gobierno. Lejos de los flashes de periodistas amargados y de la mirada maliciosa de la  oposición, el trabajo de evaluación y reorganización se podía llevar a cabo con mayor comodidad y arreglo a los intereses del partido.Las malas lenguas, esas que nacen en los tendederos con la ropa húmeda y se aparean en las cafeterías con aroma añejo, comenzaron a sospechar que el barrio se llenaba de orejas afiladas cuando detectaron que aumentaba el número de mendigos en las puertas de los supermercados.

—La vecina del segundo me decía que era un municipal —me contó una tarde, entre risas, Laura. —Disfrazado. Que lo conoce desde pequeñito. ¿Te imaginas?

Y nos lo imaginamos aquella tarde y nos reímos hasta que nos dolió la tripa y el vino se agotó y las carcajadas dieron paso a las caricias.

—Como si no tuvieran otra cosa que hacer los policías —concluyó Laura justo después del orgasmo y antes de caer profundamente dormida.

El caso es que, el sábado siguiente, a la vuelta de unos recados, me miró a los ojos y me dijo:

—Va a tener razón la vecina. Hemos tenido que salir a codazos. Lo más curioso es que no pedían nada.

Y, en efecto, los mendigos no pedían nada. Solo observaban con los ojos bien abiertos a todo el que salía y a todo el que entraba.

Fueran policías encubiertos o mendigos vanguardistas, el caso es que el ayuntamiento concluyó que en el barrio había un exceso de peluquerías. En nota al pie, arial 4, interlineado minúsculo, también se aludía a la proliferación de las panaderías y las iglesias, pero el alcalde, conocido por su glotonería moral y estomacal, decidió que estos desórdenes no representaban ningún problema para la salud pública. Sin embargo, la eliminación de las peluquerías sobrantes se asumió como política prioritaria, siempre sin levantar un revuelo excesivo que soliviantara el ánimo de los jubilados con melena y las patronales de tijeras oxidadas.

Cuando aquella mañana sonó el timbre, no imaginaba la propuesta que dos concejales, disfrazados de turistas japoneses, traían bajo el brazo. Nunca he comprendido muy bien por qué me eligieron. Laura piensa que por ser filólogo y presumir que estaba en paro. Y no les hubiera faltado razón. La repentina muerte de Roberto nos había dejado a todos sus empleados de patitas en la calle.

—¿Lo hará?

—Lo haré.

No tenía nada que perder. Planear y llevar a cabo una acción secreta que acabara con el exceso de peluquerías del barrio parecía una forma divertida de pasar mis horas muertas. Y la suma que me prometieron, si procedía con la suficiente eficacia y sigilo, aliviaría las tambaleantes arcas de mi casa tras el reciente despido.

Le dediqué horas, minutos y segundos. Soñé con métodos fulminantes. Afilé mis cuchillos e ideé planes sangrientos. Todos tenían un fallo: llenarían titulares en todos los medios locales, nacionales e internacionales. De modo que repensé mi estrategia. Me encerré dos días en la terraza, guarnecido bajo la escuálida sombra de mi limonero, y al tercer día di con la solución.

Redacté un extenso informe, sesudo y detallado. Lo envié a la dirección de las islas remótamente perdidas que aparecía en las instrucciones que me dejaron los dos concejales y un par de días más tarde recibí una respuesta en tono muy maleducado y con la silueta de un corte de manga tatuada bajo la firma. Mi propuesta les pareció ridícula, infantil e insultante y en nota al pie, arial 24, interlineado doble, amenazaban con tomar represalias si desvelaba nuestras conversaciones.

Dos semanas más tarde, me crucé con los mismos japoneses conversando con un par de mendigos a las puertas del supermercado de mi barrio. El escándalo de las peluquerías estaba en plena eclosión en los medios locales. Los jubilados con melena del barrio hacía días que se habían mudado a otras calles más céntricas tras la epidemia de piojos que había obligado al departamento de salud pública a precintar todas las peluquerías de la zona y rapar algunas de las más ilustres coletas de la villa. Me miraron con respeto y admiración en los ojos. Inclinaron ligeramente la cabeza y, según entraba al supermercado, le lancé una moneda de dos euros al mendigo que los escoltaba. A la salida me la devolvió y no volví a verlos jamás.

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