Segundas oportunidades

El día en que Laura salió de casa con un portazo, se rompieron los jarrones chinos que malvivían olvidados en el aparador del comedor. El dragón, hasta entonces atrapado en la decoración, con sus tonos vivos y su expresión adusta y amenazante, huyó volando por la ventana del dormitorio en cuanto sintió que la porcelana se hacía añicos.

No fue un buen día. Llegué tarde al trabajo. Mi jefe me atravesó con una de sus miradas condescendientes que tanto me irritaban. Sus ojos amarillos se clavaron a mitad de camino entre mi garganta y mi estómago.

—¿Qué ha sido esta vez? ¿El coche?

Me encogí de hombros y esbocé mi mejor sonrisa. Estuve a punto de contestarle que en esta ocasión la culpa había sido del gato, ese que sacrifiqué el mes pasado para evitar sacarle sus vivaces ojos amarillos precisamente a él. A mi jefe. Pero me callé, como hacía habitualmente, y tragué saliva y una cucharadita de odio y un pellizco de resentimiento, mientras trataba de focalizar mi rabia hacia mi vecino del quinto. El de la selva tropical en su terraza, con fauna autóctona y lluvias torrenciales. El que me mancha las ventanas en la estación húmeda y repasa a Laura de arriba abajo con ojos libidinosos y un sudor frío por la espalda.

—Lo siento, Roberto. No volverá a ocurrir.

Lo dije tal y como lo sentí. Porque por mucho que centrara mi atención en mi vecino y en sus camisas a rayas y sus pantalones de payaso, mi mente volaba hacia un garaje —el de la empresa—, hacia una hora —la de salida— y hacia un coche —el mío. Siete y media, aproximadamente. La oficina se vacía para entonces. Solo quedamos mi jefe y yo. Es mi forma de buscar el perdón de sus ojos ambarinos cuando llego tarde. Pero hoy no voy a esperar a que salga. Aguardaré en mi coche. Sentado en silencio, controlando mi respiración. Y cuando llegue al garaje y cruce delante de mi coche, encenderé las luces. Se plantará frente a mí parapetado tras su insultante seguridad en sí mismo. Me mirará directamente a los ojos y sonreirá sarcástico mientras leo en sus labios las tres sílabas que marcarán su destino. Será lo último que diga. En cuanto pise el acelerador no tendrá tiempo más que de oír el crujido de su seguridad desvaneciéndose bajo los neumáticos de mi Peugeot decrépito. Si finalmente acelero.

[pullquote]Aguardaré en mi coche. Sentado en silencio, controlando mi respiración.[/pullquote]

—Necesito el informe para el viernes.

Aquella noche, atormentado por el portazo de Laura y la bilis en el paladar, me dediqué a recortar letras mayúsculas en revistas y periódicos para elaborar una nota mordaz e intimidatoria para mi vecino del quinto. Antes de clavarla con espinas de cabracho en su puerta azul, me arrepentí y, estrujándola en una bola, la tiré a la basura. A la mañana siguiente, las letras de periódicos y revistas se habían escapado y colgaban formando haikus tropicales del balcón de mi vecino. Tan solo siete habían permanecido en mi casa, pegadas en el folio, formando tres sílabas burlonas. Las arranqué nervioso justo antes de que la puerta se abriera y entrara volando el dragón, con sus tonos vivos y su expresión adusta y amenazante, y se sentara en la alacena de la cocina. Era Laura. Traía un juego de tazas de café como regalo. Estaba arrepentida por el portazo. Quería volver conmigo.

—Nos merecemos una segunda oportunidad —me dijo.

Y yo asentí sumiso.

[pullquote]Nos merecemos una segunda oportunidad[/pullquote]

Después de hacer el amor sin desnudarnos y romper las tazas de finísima porcelana y liberar pájaros y flores por toda la casa, cogí mi coche. El dragón, en la alacena, me miró con inquina por obligarlo a compartir su espacio con aves parlanchinas. Llegué muy tarde al trabajo debido al fenomenal atasco y a los besos que siguieron a la pasión desenfrenada de la reconciliación. La radio anunciaba viento del sur para las ocho.

—¿Qué ha sido esta vez? ¿El gato?

Me tragué la bilis, centré la mirada en mi ordenador, hice la pelota a varios clientes, coqueteé con mi compañera de despacho y, tras una jornada de modorra e insatisfacciones comerciales, bajé al garaje. Siete y media, aproximadamente. La hora de los solitarios sin familia. Como mi jefe y sus ojos amarillos.

Cuando se acercó a mi coche, encendí los focos. Cegado y sorprendido, su seguridad se evaporó. Sus labios permanecían sellados, pero sus imponentes ojos dorados no dejaban de gritar esas tres sílabas. Cobarde. Esas siete letras. Cobarde.

Estábamos solos. Él más que yo. Yo al menos tenía a Laura. Si ella me premiaba con una segunda oportunidad, cómo iba yo a negársela a Roberto. Cuando mi pie rozó el acelerador y rugió mi viejo Peugeot como un dragón enjaulado, él también supo que estaba condenado.

Una hora después, cuando el viento sur ya arreciaba, yo subía en el ascensor de mi casa, con mi vecino del quinto y su camisa de rayas y sus pantalones de payaso. En el fondo no es mal tipo —pensé—, aunque me manche las ventanas. Supongo que, de momento, podré vivir con eso.

De momento.

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