“A veces solo se puede ser leal al presente traicionando el pasado. A veces la traición es más difícil que la lealtad. A veces la lealtad es una forma de coraje, pero otras veces es una forma de cobardía. A veces la lealtad es una forma de traición y la traición una forma de lealtad. Quizá no sabemos con exactitud lo que es la lealtad ni lo que es la traición. Tenemos una ética de la lealtad, pero no tenemos una ética de la traición. Necesitamos una ética de la traición. El héroe de la retirada es un héroe de la traición.”

Javier Cercas: Anatomía de un instante

Luces, intermitente… se caló

—Encienda las luces —insistió el operario. Su voz comenzaba a teñirse de un azul oscuro, cuando hasta entonces nos había hablado con extremada indiferencia.

Dos años habían pasado. Y, como dos años antes, en el mismo lugar, y en el mismo coche, mi viejo Ford, heredado de mi primo, intentaba concentrarme en las instrucciones que el empleado de la ITV me gritaba.

—Las luces, por favor.

Paula me observaba inquisitiva.

—No te lo vas a creer, pero no recuerdo cómo se encienden.

Se rio, sin mucho énfasis. Supongo que creyó que bromeaba. Cuando le preguntaba qué le había seducido de mí, solía responderme: “Tu sentido del humor”. Yo sabía que mentía, pero disimulaba. Seguir leyendo “Luces, intermitente… se caló”

La duración media de una micción

Cada vez que entro a un baño en un bar o restaurante y las luces se encienden solas a mi paso, me echo a temblar. Supongo que no es el efecto deseado por sus inventores ni por las empresas que las comercializan, pero qué le voy a hacer, a mí me ocurre. Lo primero que pienso es si estaré solo en el baño. Habitualmente sí porque suele coincidir que este tipo de luces se instalan en lavabos pequeños. Y entonces suspiro, con cierto alivio.

A continuación, ocurre lo inevitable: en plena micción, como un destino inexcusable, se apagan las luces, te sumes en la oscuridad y te las ingenias para saludar en el vacío, mientras procuras no desviarte del objetivo, tratando de que el detector de movimiento cumpla con su función y te detecte. ¿Quién no se ha imaginado que se abre la puerta, en el preciso momento del saludo glorioso en medio de la oscuridad, y se encienden las luces? Sería un instante para recordar.

Si la situación se da en un meadero de pared, los típicos de los baños masculinos, el hecho no es tan grave. Digamos que no atinar en el objetivo es complicado. Pero cuando el apagón acontece en un inodoro clásico… ay… te asalta una parálisis repentina que amenaza con agarrotar cada uno de tus músculos. Y todo para no desviarse.

Pero, sin duda, lo más hilarante es el método más eficaz para evitar el tan incómodo apagón: mear con un ligero balanceo del cuerpo que mantenga activo el sutil detector. Aunque, de este modo, más que aliviar las aguas menores da la sensación de que el susodicho esté en plena sesión de meditación.

Claro que cualquiera de las situaciones anteriores se complicaría hasta el extremo si, en lugar de solo, estuviera acompañado. Nunca me ha pasado, pero no puedo evitar imaginarme a dos hombres balanceándose en el baño, mientras mean, solo para conseguir que la luz no se apague. O lo que es mejor: los dos en la oscuridad. ¿Quién saludará primero?

En definitiva, siempre que me asalta la inevitable negrura en el baño, me hago la misma pregunta: ¿quién calcula la duración media de una micción? Porque o es Speedy Gonzales o nunca acierta.

“«Hay un tiempo para vivir y otro para estar muerto», pensó mientras se frotaba los ojos para apartar el sueño. Era un conjuro que había adoptado hacía muchos años. En aquel entonces era un joven policía que patrullaba las calles de Malmö, su ciudad natal. En una ocasión, un borracho al que pretendían echar del parque Pildamm lo atacó por sorpresa con un gran cuchillo. Le hizo un corte profundo muy cerca del corazón. Por pocos milímetro se había salvado de una muerte inesperada. Tenía veintitrés años y en un segundo entendió lo que significaba ser policía. El conjuro era su manera de defenderse contra el recuerdo.”

Asesino sin rostro, Henning Mankell

El futuro aparca en mi terraza (21/10/2015)

Acabo de escuchar un estruendo en la terraza. Abro el ojo ligeramente. Me pesan los párpados. Oigo maldecir.

—¿Qué mierda es esta?

Retiro la cortina y saco la cabeza por la puerta de la terraza.

—Mierda, tú lo has dicho. Abono para las plantas.

—Genial.

Su cara me suena, pero no caigo.

—¿No podías haber aparcado en otro sitio? —le pregunto irritado, al ver mi limonero tronchado.

—Este cacharro es impredecible. Ojalá pudiera elegir dónde me deja.

Me encojo de hombros. Se encoge de hombros.

—¿Es el año 2015?

—Vaya pregunta más estúpida.

No insiste. Mira por el balcón. El tráfico es lento. Un autobús de línea pita nervioso a un coche mal aparcado.

—¿No vuelan?

—Tú flipas.

—Ya decía yo que el viejo chocheaba.

El coche está incrustado entre la ventana de mi salón y el cuarto de mi hija.

—Será difícil sacarlo de aquí —le comento resignado.

—¿Tienes un patinete?

Lo observo confuso, sin comprender la relevancia de su pregunta.

—Coge el de mi hija, si quieres.

—Gracias.

A partir de entonces, todo ocurre demasiado rápido. El chico salta la barandilla y, mientras cae, se coloca el patinete bajo los pies. Justo antes de estamparse contra el coche de mi vecino del quinto, se le oye maldecir.

—Maldito Doc. También en esto te equivocabas…

Se oye un trueno. El cielo se oscurece repentinamente. Dura dos segundos y pico. Luego todo vuelve a la normalidad.

Días más tarde, algunos científicos hablarán de una discontinuidad espacio-temporal. Se burlarán agriamente de ellos y, en algunos casos, serán despedidos. El gobierno preferirá aceptar la explicación de algunos meteorólogos: una microtormenta de 140 caracteres.

Yo no me hago demasiadas preguntas. Tras el trueno, el coche estampado de mi terraza desaparece. Con él también se va el boquete en mi fachada. Y mi limonero vuelve a pavonearse erguido.

—Afortunadamente, no tendré que darle explicaciones a Laura —pienso.

Días más tarde, no recordaré nada. Serán imágenes inconexas, como en un sueño.

Peluquerías como setas

Desde que la muy respetable y soberana ciudadanía eligió al nuevo equipo de gobierno municipal, los honorables ediles se han dedicado a supervisar cada uno de los barrios de la noble villa. Dicen que para ordenarla y organizarla de forma más acorde con las nuevas necesidades, las expectativas de visitantes y turistas, y —qué duda cabe— el gusto caprichoso y cambiante del alcalde de turno.

En un principio, se habló de la participación de los vecinos a través de consultas ciudadanas. Pero pronto se observó que, enterrados los mítines y los discursos populistas, la participación de los electores se aplazaba hasta los próximos comicios. El sistema de evaluación dejó de ser tema de debate en los plenos y se acabó por asignar su organización al concejal de urbanismo, quien abrumado por el impacto negativo que una decisión equivocada pudiera tener en su carrera política decidió retrasarlo sine die.

Este retraso burocrático facilitó que el tema cayera en el olvido, al menos de puertas a la galería, una amnesia seguramente ansiada y buscada por los ediles más aviesos del equipo de gobierno. Lejos de los flashes de periodistas amargados y de la mirada maliciosa de la  oposición, el trabajo de evaluación y reorganización se podía llevar a cabo con mayor comodidad y arreglo a los intereses del partido. Seguir leyendo “Peluquerías como setas”

Lecturas estivales

Ahora que el otoño ya parece haber liquidado definitivamente los últimos rescoldos del verano y se acerca el tiempo de las castañas y la manta calentita en el sofá, se me ha ocurrido echar la vista atrás para repasar mis lecturas estivales porque me han dejado un gusto muy dulce en el paladar. No recuerdo ningún verano en que mis elecciones hayan sido tan atinadas.

Las ninfas, de Francisco Umbral, marcaron los primeros compases del verano. No había leído nada de este autor y reconozco que ha sido un descubrimiento. Eso sí, para leer un rato. Su estilo, extremadamente preciosista, choca frontalmente con mis preferencias habituales y, sin embargo, he disfrutado mucho de la lectura de esta novela centrada en el relato del paso de la adolescencia a la juventud. Un libro recomendable.

Anatomía de un instante_Javier CercasAnatomía de un instante, de Javier Cercas, ha sido otro descubrimiento. Lo compré hace años porque el tema, el golpe de estado del 23F, me interesa mucho, pero desde entonces había estado reposando en una estantería. Este verano, por fin lo rescaté y me sumergí en su análisis detallado del golpe, casi segundo a segundo, a medio camino entre la ficción y el ensayo, y siempre partiendo de los gestos de tres hombres: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Un libro muy documentado y emocionante hasta el extremo. Pondré un ejemplo: no sabría decir cuántas veces he visto las imágenes de Tejero entrando al parlamento, de Gutiérrez Mellado enfrentándose a los guardias civiles o de Suárez permaneciendo sentado mientras los golpistas disparan. De tanto verlo, casi parece una película y se pierde la emoción. Pues Javier Cercas logra que la piel se te ponga de gallina rememorando esos instantes. Muy recomendable.

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami, la empecé con gran interés debido a lo mucho que había oído hablar de este autor. La novela me pareció correcta. En ocasiones, entretenida. A veces, incluso fascinante. Pero llega un punto en que la historia, en cierto modo, se desinfla, pierde ritmo y los personajes pasan de ser misteriosos a ser cansinos. En general, un libro recomendable, aunque no para todos los gustos, supongo.

Ensayo sobre la ceguera_José SaramagoEnsayo sobre la ceguera, de José Saramago, ha sido una de las joyas de la corona de este verano. Tampoco había leído nada del Nobel portugués pero, después de esta novela, seguramente se convierta en uno de mis autores de cabecera. Una epidemia de ceguera blanca se extiende por el mundo. Los enfermos son recluidos en centros de cuarentena dado que se observa que son altamente contagiosos. A partir de ese momento, por la novela se pasea lo mejor y lo peor del ser humano. Salvando las distancias, la epidemia de ceguera y sus consecuencias me recordaban a los zombis de The Walking Dead y el derrumbe absoluto de la sociedad que generaban. Saramago centra su epidemia en el análisis del corazón del ser humano, con sus muchas luces y sus demasiadas sombras. Un libro imprescindible.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, la novela con la que he finiquitado el verano. Soy un incondicional de Márquez y, sin embargo, me faltaba leer la que para la mayoría es su obra maestra. Y tras leerla, lo único que pienso es cómo he podido tardar tanto en descubrirla. La he disfrutado, degustado y saboreado como si fuera la mejor tableta de chocolate del mundo. La saga familiar de los Buendía te atrapa de principio a fin, el realismo mágico te fascina y la prosa de Márquez… qué más se puede decir. Es increíble. Cien años de soledad ha escalado a lo más alto del escalafón de mi lista de imprescindibles.

En el lado opuesto de la balanza, quedan las dos novelas que ni siquiera he terminado. La primera, Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. No es mi estilo: ni la temática ni la forma. Faltaba ritmo y sobraban vísceras y cabelleras cortadas. La segunda, La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. No puedo decir mucho. La dejé prácticamente nada más comenzarla. Simplemente, no me hacía gracia.